Edmundo
Burke realiza una indagación reflexiva acerca de aquellos elementos y pasiones
que constituyen las nociones de lo bello y lo sublime. En su reflexión, cumplen
una importante tarea las nociones que tenemos acerca del placer y la pena.
Haciendo distinciones entre una y otra, encamina su reflexión hasta explicar en
qué consiste cada una de las pasiones que finalmente influyen en la comprensión
adecuada de lo que es bello y lo que es sublime.
En
primer lugar, Burke nos muestra la novedad
como una condición inherente en el ser humano y que alcanza diferentes niveles
de relevancia. El autor afirma que el hombre posee curiosidad, una especie de
deseo de novedad, no obstante, esta curiosidad es más bien superficial y
temporal, la tendencia es a cambiar de objeto una vez que se le ha conocido en
algún grado su ser. De este modo, el carácter efímero de la curiosidad del
hombre se satisface prontamente. Si bien es un principio activo por naturaleza,
la ansiedad, el vértigo y la impaciencia, ponen de manifiesto que su curiosidad
tiene relación con casi todas pasiones humanas. Las pasiones cobran relevancia
cuando es manifiesta su relación y más adelante la reflexión se centra
mayormente en el cómo afectan al hombre las pasiones y la relación con su
entorno para finalmente descubrir las ideas que hay detrás de lo bello y lo
sublime.
De
la pena y el placer, Burke señala que son pasiones totalmente independientes y
que en medio se encontraría un estado que él denomina de indiferencia. Para el autor: “La pena y el placer son ideas
simples que no pueden definirse (…) Muchos son de la opinión que la pena
precisamente nace de la remoción de algún placer, y el placer al contrario de
la cesación o disminución de una pena”[1], empero
señala esto último para afirmar que esta opinión común es errada. De la pena dirá que tiene origen
positivo, es decir, ésta se experimenta en proximidad al peligro o dolor, una
vez alejados de estos factores, inmediatamente volvemos a un estado que
considera diferente al placer. De este modo, podemos ver que de la
experimentación de la pena no se sigue necesariamente la experimentación del
placer, sino otra sensación que el autor denomina deleite y que: produce la más fuerte moción que el ánimo es capaz
de sentir”[2] observable
por ejemplo al momento de la remoción de aquello que nos causa pena y podríamos
decir que es una sensación de alivio en realidad muy distinta al placer. Por su
parte, el placer no guardaría directa y necesaria relación con la pena, puesto
que de la remoción de un elemento que cause placer, según el autor, es posible
reconocer otros tres estados en el individuo que se desprenden de la suspensión
de un placer.
Por
una parte, existe el estado de indiferencia
al que puede volver el sujeto una vez suspendida la experimentación del placer,
también puede variar a un estado de frustración
producto de la interrupción de la experimentación del placer o, finalmente,
puede caer en un estado que él denomina pesar,
el cual consiste en la nostalgia o añoranza por el placer experimentado y que
desea volver a experimentar, además, he aquí otra distinción, pues para Burke,
la sensación de pesar no es homologable
a la pena. Así, Burke afirma que el deleite nace de las modificaciones de la
pena antes señaladas. En síntesis, para Burke, la pena y el placer son tipos
distintos de pasión y existen de manera independiente y autónoma entre sí.
Luego,
en relación a la pena y el placer, señala que estas ideas tienen implicancias
en la vida llevada en sociedad así como también en forma individual. Respecto
de esta última, dirá que las pasiones de propia
conservación radican en la pena y el peligro, puesto que quienes sufren
alguna afección o están cerca de la pena, enfermedad o la muerte experimentan
horror. La conservación de los individuos versa sobre la pena y el peligro
mientras que las de generación versan en la satisfacción y los placeres que responden
a las pasiones de la vida en sociedad. Aunque el placer tiene un carácter vivo,
un tanto arrebatado y en ocasiones violento, es el mayor de los placeres
sensuales, no obstante, es prescindible sin afectar en demasía el espíritu
salvo en aquellos casos en que el amor ha llevado a un hombre a un estado de
locura. Lo anterior porque quien ha padecido de la remoción de las
satisfacciones naturalmente sufre de pena, más aún en aquellos casos de locura
y que desea con fuerza el objeto que le produce placer. Burke señala que: “Pero
si escuchamos las quejas de un amante abandonado, observaremos que insiste
mucho sobre los placeres que gozaba o esperaba gozar, y sobre la perfección del
objeto de sus deseos o la pérdida de todo esto es lo que más sobresale de su
ánimo”[3].
Respecto a las pasiones que pertenecen a la
sociedad señala que existen de dos tipos, la sociedad de los sexos, que sirve a
la propagación y por otra parte, la
sociedad más general que tenemos con los hombres y con otros animales. En cuanto a lo sublime, Burke señala que todo
lo que haga alusión a la pena y el peligro versa sobre el principio de Sublimidad,
su efecto es muy potente en el espíritu humano, puesto que despiertan en él las
ideas de muerte y horror que, como tal, son sublimes por tal deleite que
significa estar lejos de la pena o ver que se aleja. No así el gozar de buena
salud y vida, puesto que según la apreciación de Burke, simplemente se
experimentan en un estado de indiferencia. Así, podemos ver que la salud no
causa placer sino que simplemente se goza, mas cuando la pena afecta al hombre
la remoción de la pena produce deleite. Mientras que, por otra parte, el
encuentro con lo sublime se da por medio de la experimentación de lo que
podríamos llamar lo terrible.
Finalmente,
y para hacer evidente la distinción que el autor propone, la Belleza se
desprende de las sensaciones de placer y de calma, aquello que es capaz de
despertar ternura y pasividad, apelando a sensaciones que relajan visualmente y
afectan el cuerpo y los sentidos. No así lo Sublime, que remiten su origen a
aquellas cosas que aluden a la pena y el peligro y por tanto su efecto es
inverso al de lo bello, es decir, en el caso de lo Sublime, provoca tensión en
el cuerpo y los sentidos ante lo manifiesto. Por tanto, es la experiencia de lo
bello una experiencia de sumo placer y es en el placer donde se origina esta
experiencia de relajación del cuerpo y el espíritu.
A
modo de reflexión, quisiera señalar que el texto me pareció interesante en las
distinciones que realiza incluyendo las conductas observadas en su época y
cultura, no obstante, los varios ejemplos que utiliza para explicar sus ideas y
distinciones, considerablemente exceden una reflexión que se dice filosófica.
Esto porque en el contenido de las ilustraciones se dejan entrever prejuicios y
conductas que si bien responden a la época, no necesariamente se condice con
una reflexión de filosófica rigurosa. Pese a las objeciones antes mencionadas,
estimo interesantes las uniones de ideas y distinciones para abordar las
pasiones como formas de llegar a la experiencia del deleite, lo sublime y lo
bello.
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